Los bromistas

LOS BROMISTAS

 

Había una vez una niña llamada Daniela, a ella le encantaban los colores, los unicornios y los dinosaurios y se pasaba el día dibujando cosas aquí y allá. También le gustaba jugar en el parque; un día le dieron unos globos de colores y, para no perderlos, se los ataron a la muñeca pero Daniela nunca había aprendido a hacer y deshacer nudos, así que cuando los globos empezaron a subir, ella subió también y siguió subiendo hasta que llegó a las nubes y cuando los globos se explotaron allí se quedó, perdida entre las nubes, al lado del Arco Iris, sin saber cómo volver.

 

Desde que había llegado allí lanzaba abajo mensajes dibujados en trozos de nube para que alguien fuera a buscarla, pero nada.

 

Por suerte, apareció por allí Lorenzo, el Sol, él salía cada día y, en cuanto veía alguna nube, hacía un Arco Iris, y le propuso a Daniela bajar resbalando por uno hasta llegar al suelo. Ella no estaba muy segura pero sería mejor que saltar directamente y no había una cuerda suficientemente larga para bajar desde ahí. Así que no iba a quedarle más remedio que bajar por el Arco Iris: -Al fin y al cabo -se dijo- será como un tobogán… un tobogán muy grande.

 

Abajo, en el parque, riendo a carcajadas se encontraba Carlos, un niño muy graciosete que se pasaba el día gastando bromas a todos. Se reía porque había sido él quien había atado los globos a la muñeca de Daniela. Y no os creáis que era la única broma, una vez le había puesto pasta de dientes en el bocadillo y le había dicho que era queso. Decía: -Ay, qué risa me da. Le gasto bromas a todo el mundo, en especial a Daniela porque me cae mal, porque siempre tiene los deberes hechos y es tan lista y tan guapa… ¡Uy! No, eso no lo he dicho. Que me cae mal, vaya.

 

Carlos estaba preparando una última broma para Daniela y es que en unos días iba a haber un baile y sabía que ella llevaría un vestido nuevo que le gustaba mucho, así que había pensado poner un cubo de agua en la puerta para que se le cayera encima al entrar. -Ay, qué risa. Cómo me lo voy a pasar con esta broma.

 

En ese momento llegaba la abuela de Carlos, Carlota, que venía a buscarle. Y se le ocurrió que también podría gastarle una broma a ella, así que se escondió detrás de un árbol y al pasar, le arreó un susto que la pobre abuelita dió un salto y casi se sube a un árbol. -Te tengo dicho que no me gastes esas bromas -dijo la abuela- cualquier día te vas a meter en un problema.

  • Ay abuela, que no he merendao. ¿Me haces un bocata?
  • Está bieeen, iré a buscar un bocata y vuelvo. Pero luego nos vamos a casa.
  • ¡Vale abuela! -respobdió Carlos con una gran sonrisa.

Y según se marchó la abuela ya estaba maquinando otra de sus bromas pesadas. Esta vez había pensado fingir que no podía ver ni oír nada. Cómo se reía al imaginar la cara de su abuela.

 

Mientras Daniela había conseguido gracias a Lorenzo hacerse un arnés con los colores de un pequeño Arco Iris y estaba preparada para bajar en cuanto encontrase uno más grande. Vió por allí cerca una nube, una de esas que flotan gorditas por el cielo y que unas veces parecen gatos, o círculos, o unicornios, un león, un perro, un mono, un jarrón… bueno, de todo. El caso es que la nube estaba cargadita de agua pero no estaba dispuesta a hacer llover, Daniela le insistió y le insistió pero nada, y de pronto tuvo una idea, cantando una canción haría que la nube descargara toda su lluvia y empezó: -Que llueva, que llueva, la virgen de la cueva, los pajaritos cantan… -Pero la nube, lejos de llover, empezaba a cantar y dar saltos de alegría. Entonces, cayó en la cuenta, tenía que cantar mal para que lloviera de verdad. Y así lo hizo, cantó con todas sus fuerzas todo lo peor que pudo y la nube se puso tan triste que empezó a llover de pena. Y con las gotas de lluvia y los rayos del sol, apareció un hermoso Arco Iris por el que Daniela resbaló hasta aterrizar, eso sí de bruces, en el suelo.

 

Carlota ya volvía con el bocadillo y Carlos estaba preparado para su nueva broma:

  • Abuela, ¿abuela? ¿estás ahí? (jejeje). No te veo. Ni te oigo.
  • Pero Carlos, qué dices, ¿te encuentras bien?
  • Ay abuela, que no veo nada.
  • ¿No ves?
  • No, nada. Ni oigo tampoco.
  • ¿No oyes?
  • No, nada de nada.
  • ¿Entonces por qué me estás respondiendo?

Carlos no pudo aguantar más y se echó a reír y su abuela se enfadó muchíiiisimo, así que le hizo una advertencia: -Como me hagas una sola broma más… te quedas sin ir al baile. Y ahora, cómete el bocata.- Pero claro, la abuela Carlota también era una bromista porque eso va en la sangre y no lo podía evitar y para darle un escarmiento por la broma anterior le había puesto guindillas picantes en el bocadillo. -¿Qué pasa?¿No sigues comiendo?¿es que no te gusta el bocata? ¡Jajaja! Para que aprendas Carlitos, donde las dan las toman.- Decía la abuela mientras Carlos se ponía colorado como un tomate porque le picaban hasta las orejas.

 

Cuando se hubo quedado solo, y después de beber un montón de agua, Carlos se puso a pensar una vez más en la broma que iba a hacerle a Daniela: -…y así cuando entre le caerá el cubo de agua encima… jajaja… con su vestido nuevo… ¡jajaja!… seguro que está muy guapa… bueno, que me voy a prepararme para el baile.

 

Y mientras, Daniela, que ya se había recompuesto de su aventura se iba a ir a prepararse para el baile cuando oyó por algunos niños y niñas del parque que Carlos le estaba preparando otra de sus bromitas. Esta vez no iba a quedarse de brazos cruzados, así que sabiendo lo que él estaba tramando decidió darle la vuelta a la broma y ser ella quien le tirase un cubo de agua encima a Carlos. Tendría que andarse con cuidado porque él ya se las sabía todas, así que le pidió ayuda a sus amigos y amigas del parque para fueran al baile antes a preparar su contra-broma, tenían un plan infalible: iban a aprovechar las cintas de colores del Arco Iris que Daniela había usado para bajar para atar entre todos a Carlos y cuando estuviera inmovilizado lanzarle el cubo de agua y, para que no sospechara nada, todos iban a preparar un baile y estarían ensayando cuando él llegara, así no se extrañaría si llegaba antes que los demás y se encontraba el sitio lleno de gente, tenía incluso una palabra clave: “Bienvenido”. Iba a salir genial.

 

Cuando llegó la noche, todos estaban preparados y en sus puestos. Daniela se había subido a una escalera y tenía el cubo lleno de agua bien fresquita preparado. Los demás bailaban entretenidos mientras escondían las cintas para atar al bromista. Cuando apareció Carlos y vió a todo el mundo, no se extrañó mucho, estaba muy nervioso, en parte por la broma y en parte porque iba a ver a Daniela y se había puesto una corbata y todo. Todos bailaban y de pronto se oyó la palabra: -¡Bienvenido!- Y todos saltaron sobre él, le ataron con las cintas y entonces, Daniela con una gran sonrisa de satisfacción soltó el cubo de agua fría sobre Carlos. Pero ocurrió que, con tanta cinta, el niño se precipitaba al suelo y en ese preciso momento entraba también la abuela Carlota, y la casualidad quiso que todo el agua fuera a parar sobre la señora que dió un grito terrible: -¡¡¡AAAAAAYYYYYY!!! ¡¡¡CARLOOOOOOSSSSSSS!!!- mientras se sacudía el agua de la cara y la ropa, entonces, miró fijamente al niño en el suelo y señalándole con su bastón le dijo:

  • ¡Te lo dije! Una broma más y te quedabas sin baile. ¡Estás castigado!
  • Pero, pero… si yo no he sido- se defendía inútilmente el niño.
  • No te molestes Carlos, todo el mundo sabe que eres un bromista y si alguien tiene la culpa de esto ese eres tú.
  • De verdad, abuela, que yo no he sido.
  • Nos vamos.
  • ¡Noooooo!

Y agarrando al pequeño de una mano se fueron los dos por la puerta y no volvieron a entrar. Todos los niños y niñas estaban muy contentos ya que al fin se habían vengado de Carlos pero Daniela, sentada sola en la escalera, se sentía fatal, claro que era un bromista y que se merecía un escarmiento pero, esta vez, la culpa era sólo de ella y él iba a tener que pagar por su broma.

 

Después de darle vueltas durante un rato decidió que no era justo que Carlos se quedara castigado sin baile y ella estuviera allí, y por eso y un poco también porque le hubiera gustado bailar con Carlos se fue a buscarles a él y a su abuela para aclararlo todo.

 

Al llegar delante de la puerta de la abuela Carlota, respiró hondo y llamó al timbre. En seguida se asomó la señora:

  • ¿Qué quieres pequeña? Si vienes para asegurarte de que…
  • No, no es eso. -le interrumpió la niña.- Vengo porque… porque… porque Carlos no tiene la culpa de esa broma, fui yo.
  • ¿Queeeeee?
  • Sí, no quería que pasara esto, en realidad era para él, por todas las bromas que nos ha gastado a mi y a todos durante este tiempo, pero justo él se cayó y usted entró y entonces…

Entonces la abuela Carlota no pudo evitar soltar una carcajada y comenzó a reír, se imaginaba la situación y no podía parar, una vez pasada la sorpresa del momento la cosa, lo cierto es que tenía gracia. Le dio un abrazo a la niña y le agradeció haber venido a hablar en favor de su nieto, se fue dentro a llamarle para que saliera. Cuando se vieron, Carlos le agradeció por sacarle de aquella situación y le pidió disculpas por las bromas, Daniela también le pidió disculpas por haber hecho que se perdiera el baile:

  • Tenía muchas ganas de ir. -dijo él.
  • Ya… lo siento.
  • Es que.. en realidad quería ir porque quería bailar contigo.
  • ¿A sí? Yo también quería bailar contigo pero pensaba que te caía mal porque no parabas de gastarme bromas pesadas.
  • No, es que es lo único que sé hacer bien. Y como me daba vergüenza hablar contigo así sin más…

La abuela, que no había dejado de escuchar la conversación, sacó entonces un gramófono y puso un disco de música de baile para que los dos niños pudieran por fin tener su baile, aunque fuera tarde, aunque fuera en la calle, al final los dos lo consiguieron. Y llegaron al acuerdo de no hacerse bromas pesadas el uno al otro (a no ser que fuera el día de los inocentes).

 

Y colorín colorado…

…este Cuento Irrepetible se ha acabado.

 

15 Febrero 2018 Teatros Luchana