Impro Impar, impro de Madrid

Compañía y Escuela de Improvisación Teatral de Madrid

La Princesa y las chuches perdidas

“Érase una vez una princesa llamada Laia que paseaba sola por el castillo donde vivía recorriendo cada pasillo y cada sala sin saber muy bien qué hacer, más bien aburrida y muchas veces, incluso perdida, ya que la princesa tenía un gran problema, cada vez que se quedaba dormida se olvidaba de todo lo que le acababa de pasar. Así que tenía el castillo repleto de carteles e indicaciones para saber cómo volver a su cuarto, cómo encontrar el salón o la cocina.laschuchesperdidas

Un día, andaba la princesa dando uno de sus paseos por el enorme castillo cuando, sin darse cuenta, llegó a la cocina, allí se encontró con Giovanni, el cocinero, que era muy gruñón. Giovanni se enfadaba porque a Laia se le enfriaba la comida pero es que él le dejaba el estofado delante de la puerta de su cuarto y como a ella se le olvidaba cómo volver, al llegar, la comida estaba fría… A la princesa lo que más le gustaba de comer era tarta, pizza, sopa y, sobre todo, las chuches. Así que, aprovechando que estaba en la cocina, podía prepararle uno de sus platos favoritos y esta vez no se le enfriaría. Laia dijo: -Giovanni, ya que estoy aquí, me gustaría comer ¡chuches! Hace siglos que no como chuches. Y claro que hacía tiempo que no las comía, ¡como que las habían prohibido! Pero Laia estaba empeñada en que quería comer chuches y que no era justo que en el reino estuvieran prohibidas y le pidió a Giovanni que le cocinara unas pocas. Pero, hacía tanto tiempo que estaban prohibidas que al cocinero se le había olvidado la receta, así que Giovanni pensó que podría ayudar a la princesa y le contó que había oído que existía una última bolsa de chuches escondidas en el reino pero que para encontrarlas tendría que ir al bosque de fuera (de fuera del castillo porque el bosque de dentro se llama jardín). Antes de salir, Giovanni le dijo a la princesa que debía llevarse algo que le recordase al castillo y a su familia, ya que si se quedaba dormida olvidaría cómo volver y quién era. Y así hizo, cogió un collar de su madre y se lo guardó en el bolsillo.

Laia salió por un recoveco de la cocina y se escabulló hasta la puerta trasera del castillo, por donde salió al bosque de fuera a buscar las chuches. El bosque estaba lleno de animales, había lobos, búhos, murciélagos… y también estaba el Cazador Cacerola, un hombre valiente que conocía el bosque como la palma de la mano y se dedicaba a cazar para todo el reino. Cuando la princesa y el cazador se encontraron, ella le contó que está buscando las chuches perdidas y éste le dijo que debía tener mucho cuidado en ese bosque lleno de animales y le contó la historia de Sancho, el niño que una vez, hacía mucho tiempo, había escondido la última bolsa de chuches en un agujero en el medio del bosque, en la cueva donde vivía el dragón, que el niño había apaciguado con las palabras mágicas “schuuu, schuuu” porque todos los niños sabían (porque lo aprendían en el colegio) que esas eran las palabras para hacer que un dragón no te comiera. Ahí dejó las chuches guardadas y protegidas por el dragón hasta que el niño Sancho volviera a por ellas, pero el niño nunca volvió a por las chuches.

Escuchando la historia, Laia se había quedado dormida y al despertar a la mañana siguiente ¡no se acordaba de nada! no sabía dónde estaba ni quién era, entonces echó mano al bolsillo, sacó el collar y recordó que era una princesa que vivía en un castillo pero ¿qué hacía en medio de un bosque? Por fortuna, se encontró de nuevo con el cazador que le recordó la historia de Sancho y su búsqueda de las chuches. Así que Laia retomó el camino en busca de las chucherías escondidas que estarían “allá donde el brillo del sol nunca alcanza”… y caminando caminando, Laia, tropezó y cayó a través de un agujero en la cueva del dragón, y allí quedó inconsciente.

En ese momento, el Rey se dio cuenta que la princesa no estaba en su cuarto, la buscó por todas partes hasta que llegó a la cocina y Giovanni le confesó que le había contado sobre las chuches escondidas y que Laia había salido al bosque de fuera (porque el bosque de dentro es el jardín) a buscar las chuches. Enfadado porque había actuado en contra de la prohibición de las chuches, el Rey encerró a Giovanni en la cárcel y salió corriendo del castillo dispuesto a encontrar a su hija.

El Rey atravesó raudo en su caballo el bosque en busca de la princesa, recorriendo al galope todos los rincones del lugar hasta llegar a un claro, donde se detuvo a que su caballo bebiera agua; cansado y desorientado, se sentó en una piedra y de detrás de un árbol apareció el Duende del Bosque, un pequeño ser al que le encantaba cantar canciones. El Rey no estaba para muchas tonterías, preocupado como estaba por su hija. Pero entre estrofa y estrofa, le pareció escuchar una pista para encontrar a su hija:

“la niña perdida descansa

al final del camino de las flores blancas”

El Rey se levantó de pronto, montó en su caballo y arrancó a toda prisa siguiendo el camino de las flores dispuesto a encontrar a su hija antes de la puesta de sol.

Mientras, la niña se iba adentrando en la cueva y, en medio de la oscuridad, escuchó el sonido de una fuerte respiración muy cerca de ella, al girarse Laia vio al dragón que le miraba muy fijamente y le preguntó: -¿Qué haces aquí niña? Laia respondió:-He venido a buscar unas chuches perdidas. -Jajaja- rió el dragón -¿perdidas? No. Desde hace años las guardo yo en este agujero… Y todo aquél que ha intentado recuperarlas -dijo mientras se acercaba lentamente a la niña- ¡ha sido devorado! Y cuando el dragón se lanzaba sobre ella para comérsela, Laia pidió ayuda a los niños y niñas del público para recordar las palabras que apaciguaban a cualquier dragón y todos juntos gritaron: -¡Schuuu, schuuu! Y el dragón cayó inmediatamente dormido en un profundo sueño. Laia no perdió el tiempo, cogió la bolsa de chuches del agujero y salió corriendo de la cueva.

Ya alcanzaba la salida y se disponía a volver a su castillo cuando en la puerta se encontró de frente con su padre, el Rey, que le miraba muy enfadado al ver la bolsa de chuches en su mano. -¡Está prohibido comer chuches! -gritó el Rey- suelta inmediatamente esa bolsa. -No -respondió Laia- estas chuches las he encontrado yo y me las voy a comer.  El Rey se iba acercando y con cada paso que daba se iba poniendo más rojo del enfado que le estaba entrando… -Esas chuches no son tuyas…¡devuélvemelas! -dijo apretando los dientes. Laia iba retrocediendo según el rey avanzaba, de pronto, al chocar contra la pared, se le cayó del bolsillo el collar de su madre, lo recogió y poniéndolo delante de él exclamó: -Quiero comerme estas chuches o no seré tu hija nunca más. Y, sin apenas escucharla, su padre, el Rey, mirando fijamente la bolsa se la arrebató de las manos diciendo entre dientes: -Están prohibidas ¡Prohibidas!

Laia dejó caer el collar al suelo, el único elemento que le haría recordar quién era, y se marchó bosque adentro… Mientras, el Rey miraba la bolsa y como en un sueño recordaba cuando, siendo sólo un niño, su padre prohibió las chuches en el reino y, en un intento de salvar las chucherías, le encomendó a su amigo Sancho que escondiera esa última bolsa de chuches que existía en el reino. ¿Sería aquella esa bolsa? Pero ¿cómo era posible? El Rey se acordó de lo triste que se había quedado cuando su padre estableció la prohibición y se dio cuenta de cómo se sentía su hija y de lo injusto que había sido arrebatarle esa bolsa de las manos. Pero ya era tarde, había caído la noche y Laia se había marchado sin saber dónde.

El Rey llamó al Cazador Cazuela, que conocía el bosque como nadie y éste le guió en la oscuridad del bosque, siguiendo las huellas que encontraban: preguntando a los animales que se cruzaban y fijándose en las marcas de las hojas de los árboles y por fin, en un claro, agazapada junto a un árbol encontró a Laia que se había quedado dormida. El Rey se arrodilló junto a ella, la despertó suavemente y le ofreció la bolsa de chuches, ella, confundida porque había olvidado ya todo, al ver la bolsa de chuches recordó de pronto lo que había pasado, primero se enfadó, luego se puso triste y finalmente, al ver a su padre se alegró de no haberse perdido en el bosque para siempre y se lanzó a abrazarle contenta de haberse encontrado y de haber recuperado las chuches.

Volvieron juntos a caballo agradeciendo su ayuda al cazador y, ya en el castillo, liberaron a Giovanni de la cárcel le dieron las chuches para que pudiera extraer la receta y cocinar muchas muchas más; el Rey reconoció su error al mantener la prohibición de las chuches de su padre y esa misma mañana mandaron al pregonero a anunciar que, desde aquel momento, se levantaba la prohibición y que el cocinero real distribuiría chuches para todo el reino en una gran fiesta que se celebraría esa misma noche.

Y colorín colorado… Este Cuento Irrepetible se ha acabado.”

17 de Mayo de 2015

La Escalera de Jacob – Cuentos Irrepetibles

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