¿Sabes cuál es la palabra que más escuchas a lo largo del día?

Karlos Tarajano

No digas que no lo sabes… ¿No te haces una idea? No, esa no, estás equivocado… ¿Todavía no lo sabes? Te voy a dejar unos momentos, para que no digas que no soy justo.

Ya lo sabrás, ¿no?

Si fueras uno de mis alumnos de teatro de improvisación, te daría unos momentos para que dijeses palabras como “el”, “y”, “es”, y luego te preguntaría cuántas veces he escrito la palabra “no” en las primeras líneas del texto — no hagas trampa y no lo mires.

¿Y si te digo que han sido nueve veces? No te habías dado ni cuenta, verdad? Nueve veces en treinta y ocho palabras: casi un cuarto de las palabras ha sido la misma y ha pasado desapercibida. Tan acostumbrados estamos a ella y nos la dicen tantas veces a lo largo del día que ya no somos ni conscientes del poder que tiene.

Y, ¿por qué decimos tanto NO? En escena ,lo tengo muy claro: porque quiero hacer mi idea y no la de mi compañero. Si mi compañero me propone una idea y no me gusta o no es la que estaba yo pensando, mejor le digo que no y hacemos la mía. Esta es una escena típica de alumnos novatos:

— Hola Papá, ¿vamos a ver al abuelo?

— No soy tu padre, soy tu hermano, y estoy jugando a la Play.

Y de esta forma vuelvo a tener el control, vuelvo a ser yo el que decide cómo se va a desarrollar la escena (o mi vida) sin tener que dejar que mi compañero de escena (o las circunstancias de la vida) sea quien lo proponga.

En un artículo anterior os presenté la Triple A (Aceptar, Adaptar y Avanzar) como guía para poder improvisar. Pues bien, la primera A es la mayor dificultad que tienen que superar mis alumnos para poder empezar a improvisar: comenzar a Aceptar. Aceptar que hay más compañeros en escena y que sus propuestas son tan válidas como la suya, aceptar que el control no sólo les pertenece a cada uno de ellos, y que a veces, ocurren cosas que ellos, de manera individual, no se podían esperar.

Y sin ser conscientes, vivimos frustrados la mayor parte del tiempo. Vivimos frustrados al no poder satisfacer un deseo cuando no se cumplen nuestros planes o nuestras expectativas. Vivimos frustrados cuando distorsionamos la realidad que estamos viviendo. Vivimos frustrados cuando no controlamos nuestras propias vidas y nuestra reacción natural es la ira, la rabia o la ansiedad.

Y, como sociedad, nos enseñan a tolerar la frustración con mecanismos muy complejos: técnicas de control emocional, terapias, estrategias psicológicas o directamente la supresión de emociones. Pero, ¿no son todas estas técnicas, mecanismos de control similares a los que provocaron la frustración en primer momento? En realidad, me frustro porque una situación escapa a mi control y controlo mis emociones para no frustrarme.

Desde el teatro de improvisación descubrimos que hay otra forma de hacer las cosas más tranquila y más efectiva. Si por decir que no terminamos frustrados, empecemos a decir que sí. Empecemos a aceptar que no podemos controlar todo, pero sí podemos sacar el máximo de cada situación.

Os propongo que durante 21 días probéis a decir que sí, de forma consciente y voluntaria. Al terminar el periodo, me contáis que tal os ha ido.